sábado, 4 de octubre de 2014

Tagliatelle a la cúrcuma con gambas y champiñones Portobello


La llamada del agua

Es ciertamente coherente la carencia de fuentes en una ciudad de agua como Venecia. Sin embargo conozco una junto a la Plaza de San Marcos que mana incesantemente. Tras la napia cesárea, perfecta para un sumiller, excesiva para un barman, se esconde Claudio Ponzio que, escapado de una moneda romana, es la inagotable fuente del Harry’s Bar de la que surgen al unísono una noria de belinis y dry martinis. Mientras espero turno, maquino que Claudio ya debía estar tras la barra antes de que izaran el león alado sobre la columna y que bien mereciera, como Shiva, una duplicidad de surtidores o brazos.

A esa atlántida de cristal y crepúsculo, para biendecirlo con Borges, al dédalo de sus calles angostas como anguilas, llegó a principio de los 80 Joseph Brodsky persiguiendo la estela de Ezra Pound que, a decir de Antonio Colinas, habitaba “en esa callejuela con macetas, sin más salida que la de la muerte”.

El dry martini me impide recordar quién escribió que los hombres felices no tienen biografía. Antes de los 33 años, como el otro judío, la de Brodsky ya tenía impreso con hierro candente el estigma de las persecuciones políticas, amén de conocer en carne propia la extrema dureza de los “campos de castigo” soviéticos y el lacerante exilio. Una vida donde el infortunio parecía golpearle implacable como el agua a Venecia. Y a la ciudad adriática, orlada de similitudes con su Stalingrado natal, volvería durante diecisiete años para dejarnos la mejor semblanza de Venecia que se haya escrito jamás.

Releo por enésima vez “Marca de agua”, en la cuidada edición de Siruela, y no puedo reprimir un estremecimiento aún mayor que el de aquel atardecer donde el “vaporetto” enfiló el Gran Canal mientras la niebla se iba disipando para mostrarme entre jirones los afantasmados palacios que, al alejarse, se difuminaban como espectros en un sueño.

“Es como si el espacio, más consciente aquí que en ningún otro lugar frente al tiempo, le respondiera con la única propiedad que éste no posee, con la belleza. Y es por esta razón por la que el agua toma esta respuesta, la retuerce, la golpea y la rompe en pedazos, aunque al final la recoja y la lleve consigo hasta depositarla intacta en el Adriático”. 
Dudo que haya otro lugar en tierra firme (y Venecia lo era hasta que trasegué el quinto bellini) comparable al escaparate del Harry’s, especialmente en invierno, donde famosos de toda ralea se disfrazan, cual invitados a una fiesta del Gran Gatsby, para asediar la barra.
Viendo oficiar a Claudio recordé aquella historia digna de Brodsky y de Venecia: La virtuosa violonchelista (algo de violines flotantes tienen las góndolas), en medio de una compleja sinfonía temía el obligado momento de tener que volver la partitura. Junto a la puerta (el concierto transcurría en el interior de una iglesia), y por el rabillo del ojo, observó a una silueta que, en el momento justo, avanzó sigilosa por el pasillo central, alargó la mano y volvió la partitura. Así fue como la violinista conoció a Stravinsky.
“De hecho, Venecia, especialmente de noche, parece una orquesta gigantesca, con los atriles débilmente iluminado de los palazzi con un incesante coro de olas con el falsetto de una estrella en el cielo de invierno. La música es, por supuesto, más grande que la banda, y ninguna mano puede volver la página.” 
Un poco sorprendido de que el Premio Nóbel no hubiera elegido el bullente azogue de las aguas como sudario, visité recientemente el cementerio de San Michele, donde ahora descansa entre un oleaje de hiedras.
Huérfano de epitafios, su austero mármol muestra superpuesto su nombre en letras cirílicas y latinas, como duplicado por el agua turbia. Por si esto no bastara, la lápida, pensé, y cuando la herrumbre del tiempo la surque de varices, poco diferirá de una tabla de lavar.

Abraham García

Vamos hoy con un plato digno de Venecia y hasta de la mismísima Florencia. Con tres eses,  a saber, sencillo, saludable y sabroso. ¿Alguien da más?

Grado de dificultad: Ir a Londres a recolectar los champiñones Portobello Road

Ingredientes: 
- Tagliatelle a la cúrcuma o similares
- 4 champiñones de la variedad Portobello
- Un puñado de gambas peladas
- 1 diente de ajo
- 1 trozo de guindilla seca
- 1 tomate seco
- Aceite de oliva virgen
- 2 cuchardas de aceite de ajo y perejil
- Un chorro de vino blanco
- Sal y pimienta al gusto

Manos a la obra:

Poner a Bill Evans jazzeando "Esta tarder vi llover" del maestro Armando Manzaner,  o ver y escuchar el vídeo.

7 comentarios:

Juan Nadie dijo...

Ya veo que te estás reinventando. Me gusta este nuevo formato, pero no estaría mal alguna indicación sobre la elaboración de la receta.

Gatopardo dijo...

Es para controlar vuestros progresos. La verdad es que ha sido un accidente generado por tirar las fotos a la papelera antes de tiempo.

Juan Nadie dijo...

Ata ese nervio!

Gatopardo dijo...

Eso mismo me dicen todas...

marian dijo...

"Tagliatelle a la cúrcuma con gambas y champiñones Bill Evans"
Qué no inventarás.

Gatopardo dijo...

Y encima te chupas los dedos. Habrás visto qué versión del bolero de Manzanero...

marian dijo...

No es un bolero, es un bolerazo.